jueves, 28 de abril de 2016

Mirando al bosque

En el primer año después de Cristo, el griego Estrabón describía de la siguiente manera el panorama forestal de nuestra tierra: "Iberia, en su mayoría, es poco habitable, pues casi toda ella se encuentra cubierta de montes, bosques y llanura de suelo pobre y desigualmente regado".

Emprendió un singular periplo que le llevó a viajar durante 36 años recopilando información para culminar con su obra magna: Geografía. La misma está compuesta por 17 volúmenes, dónde pretendía describir minuciosamente cómo era el mundo conocido en la antigüedad. Curiosamente, ninguno de sus viajes le llevó en realidad hasta la Península Ibérica, por lo que su tercer libro, dedicado íntegramente a la misma, fue elaborado a base de recopilar datos de otras fuentes (en especial de Posidonio, otro gran filósofo y científico griego que sí había viajado por España).


El paisaje en nuestras latitudes ha sufrido drásticos cambios desde entonces, y su aspecto ya no encaja con las palabras utilizadas por el autor heleno. Se han llevado a cabo inventarios y estudios por parte de instituciones públicas y de entes privados acerca del estado actual de las masas forestales en todo el planeta, llegando, en el caso de España, a conclusiones dispares:

- España es el segundo país de la Unión Europea (UE) con más superficie forestal (el 57% de su territorio), siendo superado únicamente por Suecia (el 75% de su territorio).

- A cada español le corresponden una media de 380 árboles de diferentes edades y especies.

- Se calcula que en nuestros bosques habitan más de 8.000 especies diferentes de plantas, muchas de ellas exclusivas (endémicas), siendo los líderes en biodiversidad dentro de la Unión Europea (UE).

Son buenos datos, sin duda esperanzadores, pero existen varios puntos que convienen ser matizados, y acercarnos a una realidad que no puede expresarse solo con cifras. Por ejemplo, se habla de 'superficie forestal' metiendo en el mismo saco a los monocultivos forestales de eucaliptos o de coníferas, la vegetación de sucesión que surge tras el abandono de los cultivos o de los bosques autóctonos. Es más, aquí radica uno de los problemas fundamentales de las selvas ibéricas: en los dos últimos siglos, el bosque autóctono ha perdido espacio de manera alarmante, especialmente las especies más representativas como la encina, el roble y el alcornoque, que han sido en su mayoría sustituidas por pinos y por eucaliptos. Además, en España no quedan bosques primarios (aquellos que no han sufrido modificación alguna por causas antrópicas), sino solo pequeñas superficies intactas en zonas del Pirineo y de la Cordillera Cantábrica.

En cuanto a la conservación, los datos no son nada favorables. Poco más del 2% de la superficie forestal española está bajo alguna figura de protección, aunque ni siquiera la mitad corresponde a bosque autóctono maduro, del que en España apenas quedan unas 89.000 hectáreas (un ridículo 0'3% de la superficie forestal potencial). Otro dato que tiende a olvidarse en los informes oficiales es que el 18'2% de la superficie de nuestro territorio sufre procesos de erosión extrema, siendo la desertización uno de los problemas más graves y acuciantes que nos afectan.


Eso sí, aquí plantamos árboles como nadie, casi al mismo ritmo que estuvimos plantando ladrillos en las últimas décadas, y es que a la Administración le encanta hacer algo que se pueda cuantificar en lugar de invertir en una verdadera conservación. El ritmo de reforestación español es el más alto de Europa, y, después de China, el segundo de todo el mundo.

En nuestro país hace ya muchos años que no miramos al bosque, parece le hemos dado la espalda. Solo el 13% de la superficie forestal cuenta con planes de gestión, lo cual lleva a pensar que no es rentable. Este desafecto es la causa de que durante siglos se hayan querido exprimir al máximo los recursos madereros y se talaran árboles con el fin de ganar terrenos para pastos y/o cultivos. Si esto es así en España, la situación a escala mundial es aún peor: anualmente se pierden más de 14 millones de hectáreas de bosques debido a la sobreexplotación y a la tala ilegal. Para frenar dicha pérdida de biodiversidad, en el año 1993 se creó el Consejo de Administración Forestal (FSC en sus siglas inglesas), una organización internacional sin ánimo de lucro que se dedica a certificar los productos madereros extraídos y elaborados bajo criterios ecológicos, sostenibles y socialmente justos. Se financia mediante las cuotas de inscripción y de acreditación, así como de las donaciones; y no permite el apoyo económico de la industria maderera para conservar así su independencia.

Según WWF, España es uno de los principales países de la Unión Europea (UE) donde se recibe madera proveniente de talas ilegales, por lo que aquí la certificación FSC es aún más necesaria.


Todo ello nos lleva a pensar que la solución no pasa por incrementar una reforestación a menudo fraudulenta y cimentada en intereses económicos, sino más bien por evitar una deforestación camuflada por las palabras 'progreso' y 'bienestar'. Nuestro bienestar es, a su vez, el bienestar de la propia Naturaleza.

Considero apropiado despedir este importante artículo con las palabras del escritor libanés Khalil Gibran: "los árboles son los poemas que la tierra escribe en el cielo. Los abatimos y los transformamos en papel para poder anotar nuestro vacío".

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